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Amor

Alguien que cuide de mí

Christina y Los Subterráneos · Que me parta un rayo · 1992

19 de septiembre de 2026 5 min de lectura

Etiquetas pop español 90s deseo

Una carta de pedidos escrita entera en subjuntivo y sin firma. El único verbo que ella conjuga en primera persona llega en el último verso.

Que

“Que en sus brazos me sienta una niña pequeña.”

La canción arranca con una conjunción. Que. Una palabra que en español sirve para colgar una frase de otra: quiero que, espero que, ojalá que. Acá cuelga del aire. El verbo que debería sostenerla falta, y sigue faltando: que sacuda mi cama, que por la mañana me dé un poco más, que no sea muy malo, que me lleve a la feria. Una carta entera de pedidos y ningún quiero que la firme.

Lo que queda es subjuntivo puro. Y el subjuntivo es el modo de lo que todavía no pasó.

El verbo querer aparece, claro. Dos veces en primera persona, y las dos con el no adelante: que no quiero más chulos, que no quiero borrachos. Fijate que también empiezan con que. Pero es otro que. Es el de ¡que no!, el que usa una española cuando ya lo dijo y nadie la escuchó. La misma palabra hace dos trabajos: cuando pide, esconde el verbo; cuando rechaza, lo repite por si no quedó claro.

En positivo, querer aparece una sola vez, y lo conjuga él: que quiera matarme.

Para pedir, la voz se borra. Para descartar, firma.

El currículum de los descartados

“Ni tíos muy feos / con un gran empleo.”

¿Cuánto sabemos del hombre que busca? Que no sea muy malo. Que no sea muy bueno. Un retrato hecho con lo que sobra de dos negaciones, en singular y sin cara: alguien.

De los que echa sabemos bastante más. Chulos que no traen un duro. Tíos muy feos con un gran empleo. Borrachos. Locos de atar. Chicos perdidos buscando a mamá. Tipos muy finos que luego te la dan. Cada uno viene con su ficha: el defecto y el detalle que lo delata. El feo viene con sueldo, el fino con sorpresa, y el perdido con una madre que todavía no encuentra. Son descripciones de alguien que estuvo ahí.

Y van todos en plural, nítidos, contra un deseado que es uno solo y borroso. La gramática cuenta la biografía: a estos los conoce de a varios, al otro todavía lo está imaginando. Y está el más. No quiero más chulos. Ese más es un historial.

Nadie pide que no le traigan más de algo que nunca probó.

La lista va casi hablada, con una voz muy suave, como se habla entre amigas. Y en toda la letra él es alguien, le dejaré, siempre tercera persona. La canción habla de él con otra. Con una que ya oyó la historia de los chulos y de los finos. En el estribillo la voz por fin canta, igual de suave y de cerca, como invitando a arrimarse.

Matar dos veces

“Alguien que cuide de mí, / que quiera matarme / y se mate por mí.”

El título promete cuidado. El estribillo cumple en el primer verso y después usa el verbo matar dos veces seguidas.

Hoy ese verso se escucha con otra oreja. Una mujer pidiendo a alguien que quiera matarla suena a titular, y el que frena ahí tiene razón en frenar. En 1992 pasaba de largo. En este siglo pide una segunda mirada.

Las dos frases salen de la cocina de cualquier casa. Te quiero matar lo dice una madre, una hermana, el que te adora y hoy no te aguanta. Todos tenemos días en que queremos ahorcar al otro, por a o por b. Se mata por vos se dice del que se desvive, del que lo da todo. La canción agarra dos exageraciones domésticas y las une con una y.

Esa y es la decisión de escritura. Podría haber sido un pero: que quiera matarme pero se mate por mí. Con pero, la pelea sería el defecto que el amor perdona. Con y, las dos cosas entran juntas en el pedido. Ella pide al que le discute. Uno que algunos días la quiera ahorcar y que ese mismo día se dejaría la vida por ella.

Es el pedido de la primera estrofa, subido de volumen. Que no sea muy malo, que no sea muy bueno. El muy bueno es el que dice a todo que sí. Ella busca a uno con el que se pueda discutir y que después de la discusión siga ahí.

Las medias

“Le dejaré ver mis medias / para que corra detrás.”

Volvé a la primera estrofa. Que en sus brazos me sienta una niña pequeña. Dos versos después: que sacuda mi cama como un animal. La niña y la mujer en la misma estrofa, sin puente. Ella pide las dos cosas al mismo hombre y en la misma noche. Al final hace lo mismo con el plan: que me lleve a la feria y luego a bailar. La feria es plan de niña y el baile ya es de la otra.

Los chicos perdidos buscando a mamá están en la lista de descartes. Ella quiere sentirse una niña pequeña y rechaza al que viene a sentirse un niño. La cuenta es despareja y la canción lo sabe. Por eso en el contrato viene incluida la mentira: sonría, me mienta y se trague mis penas.

Y entonces llega el único futuro de toda la letra. Le dejaré. Indicativo, primera persona, sin que adelante. Después de una canción entera esperando en subjuntivo, ella hace algo. ¿Y qué hace? Pone la carnada. Deja ver las medias y sale caminando. Para que corra detrás.

Releé todo desde ahí. La que pedía brazos va adelante. El que iba a cuidarla viene corriendo.

La niña pequeña era la que manejaba.

La lista

Treinta años después, Christina Rosenvinge giró el disco completo, canción por canción. En esa gira le preguntaron qué sentía al volver a esas letras. Habló de esta canción. Dijo que es “aparentemente muy ingenua”, y que todavía la sorprende porque hace “una enumeración de los defectos que no tiene que tener un chico con el que te lías”, y que eso “sigue estando muy vigente”.

La autora vuelve a su canción más coreada y pasa de largo por el estribillo. Se queda con la lista.

Dijo algo más: que el disco tiene una ingenuidad que ella ya no tiene, que ahora escribe desde una voz con más experiencia. El título ya lo avisaba. Alguien que cuida de mí sería una persona, con nombre y teléfono. Alguien que cuide de mí es una vacante. La diferencia es una vocal, y en esa vocal está la ingenuidad que Christina dice haber perdido: creer que ese alguien existe, a la temperatura justa. La experiencia está en los plurales, y esa mitad, la que filtra, envejeció sin una arruga.

También contó que le llega muchísimo dinero de karaokes. Claro: una carta de pedidos sin quiero y sin firma la puede firmar cualquiera que agarre el micrófono.

A mí me volvió hace poco, en el carro, pasando canciones con Violeta, mi hija, que tiene trece años. Apenas la oímos nos devolvimos y la pusimos desde el principio. Nos reímos en los mismos renglones: los feos con gran empleo, los que andan buscando a mamá.

La carta sigue sin firma. En el carro la firmamos dos.

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