Perfecta

Miranda! · El templo del pop · 2008

A pesar de saber

La parte más honesta de la canción está en el pre-estribillo. Y es ahí donde el capítulo empieza.

“Me aproveché de que habíamos tomado tanto, te fuiste dejando y te agarré. A pesar de saber que estaba todo mal, lo continuamos hasta juntos terminar.”

La mayoría de las canciones pop sobre este momento dicen “no sé cómo pasó.” Ésta dice lo contrario: sabíamos perfectamente cómo estaba pasando y seguimos igual. Esa diferencia es todo.

La canción no moraliza. No justifica. Constata. Sabían que cruzar esa línea complicaba todo, y siguieron. El alcohol bajó la guardia, sí. Pero “no me importó si arruinaríamos nuestra amistad” no es un pensamiento de borracho. Es una evaluación de riesgo hecha en mitad de una noche de borrachera. El deseo ya estaba ahí antes. Lo que hizo la noche fue darle permiso, no inventarlo.

Eso es lo que hace que “Perfecta” no sea genérica. El pop se queda en el pico —ese es su permiso, su territorio— pero la mayoría de las canciones llegan al pico con los ojos cerrados. Ésta llega con los ojos abiertos, aunque estuvieran un poco nublados. Y esa lucidez que no frena, esa decisión tomada a pesar de ver el semáforo en rojo, es el mecanismo específico que la canción construye y que el estribillo viene a celebrar.

“Solo tú, no necesito más.” Dicho después de “a pesar de saber que estaba todo mal”, esas palabras pesan distinto. No es ingenuidad. Es una apuesta hecha con información.

Dos llegadas al mismo lugar

La canción no tiene un solo narrador. Tiene dos. Y los necesita a los dos para que la lucidez del pre-estribillo sea creíble.

Él empieza negando el tópico: “el amor a primera vista no funciona en mí.” No se entrega fácil. No cree en flechazos. “Después de amarte, comprendí que no estaría tan mal probar tu otra mitad.” Lo que parecía imposible —ver a la amiga como algo más— se vuelve inevitable sin que él sepa bien cuándo ocurrió el cambio.

Ella no necesita ese preámbulo escéptico. Cuando habla, ya sabe: “nos conocíamos de antes y sabíamos lo que queríamos los dos.” Para ella la noche no fue un descubrimiento. Fue la confirmación de algo que ya estaba.

¿Qué pasaría si la canción tuviera una sola voz?

Si solo él la contara, sería una confesión. Un tipo que no creía en el amor a primera vista, tomó de más, cruzó una línea y después decidió que era perfecto. El oyente tendría derecho a dudar: ¿es amor o es racionalización? La lucidez del pre-estribillo sonaría a excusa.

Si solo ella la contara, sería destino romántico. Ella siempre supo. Siempre lo quiso. La noche simplemente lo hizo oficial. El oyente tendría derecho a sospechar: ¿es certeza o es reescritura? La lucidez del pre-estribillo desaparecería, porque para ella no hubo nada que saber “a pesar de.”

Con las dos voces, la canción resuelve el problema. El escéptico confirma. La que ya sabía confirma. Dos narradores que no deberían coincidir coinciden. Y esa coincidencia es la única prueba de amor que la canción ofrece: no lo que dicen el uno del otro, sino el hecho estructural de que dos caminos distintos terminan en el mismo estribillo.

Conozco esa arquitectura desde adentro. Marce fue primero mi amiga. Gustos compartidos, momentos, espacios que fuimos encontrando de a poco. No hubo una noche dramática ni un pre-estribillo con alcohol. Hubo un disfraz de gato negro y algo que ya existía volviéndose inevitable. Veinte años después, el estribillo sigue siendo literal.

“Debes ser perfecta para / Perfecto para / Perfecta para mí.” El adjetivo cambia de género mientras pasa de una voz a la otra. No es un detalle: es la traza formal de dos personas que se encuentran dentro de la misma palabra.

Rehenes

Hay una línea que pasa casi desapercibida y que completa el movimiento del pre-estribillo.

“Entonces el amor, nos tiene de rehén.”

Rehén. No es el lenguaje de la elección libre. Es el lenguaje de la rendición. Y viene exactamente después de la decisión lúcida: eligieron con los ojos abiertos, y el resultado es una captura. La decisión los llevó a un lugar donde ya no hay decisión posible. Hicieron algo voluntario y terminaron en algo involuntario.

Eso conecta con el “a pesar de saber” del pre-estribillo de una forma precisa: la lucidez sirvió para elegir, pero lo que eligieron los superó. Sabían lo que hacían. No sabían adónde los llevaba. Y ahora están ahí, rehenes de algo que empezó como una apuesta consciente y se convirtió en algo que ya no controlan.

Antes de las preguntas

Entre los momentos que la canción muestra —él escéptico, la amistad de siempre, la noche con alcohol, el cambio de estatus— hay huecos enormes que nunca se llenan. No vemos cuándo empezó el deseo. No vemos la conversación del día siguiente. No vemos si la amistad sobrevive al cambio de roles.

La canción solo existe en la ventana entre la decisión y sus consecuencias. Antes de esa ventana: la amistad. Después: todo lo que Noble y Coti van a explorar más adelante en el libro. La fe de erratas llega después. El conjuro “nada de esto fue un error” llega cuando ya duele. Pero “Perfecta” existe antes de todo eso: en el instante exacto en que dos personas deciden que lo que está pasando es lo que siempre quisieron que pasara.

“Eras mi amiga y ahora eres mi mujer.” No es una declaración que necesite evidencia. Es la evidencia. Dicha en el único momento en que puede ser verdad sin reservas: antes de que la lucidez empiece a hacer preguntas.

La perfección no se demuestra. Solo se declara, exactamente cuando todavía no hay razones para dudar.

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