Comenzó a hablar
“Buenas noches, el lobo comenzó a hablar.”
Las primeras palabras de la canción son de alguien que presenta al lobo. El lobo comenzó a hablar es la acotación de un cuento, el dijo el lobo que en un libro iría entre guiones. Hay un narrador. Dura cinco palabras. Después le cede la voz al lobo y no vuelve más: la comilla que abre ahí queda abierta hasta el final de la canción. El que presentó la escena desaparece, y el que sigue hablando es el animal.
¿Por qué importa? Porque así el que canta deja de ser un cantante que usa un lobo para hablar de sí. Es un personaje que alguien te anunció y que ahora habla solo. Un lobo con la palabra, y con modales: buenas noches. Un lobo que saluda. Antes de contar que fue domesticado, ya lo está demostrando. Lo que sigue, en la misma respiración, es la despedida: “estoy aquí por última vez.” Saluda y ya se está yendo. La canción dura dos minutos y pico, y arranca avisando que es la última.
Padre
“Padre, ¿volveré a ser feroz?”
Es el único nombre que el lobo le da a Francisco en toda la canción, y con él abre el estribillo. Para ver lo que esa palabra decide hay que contar la historia, porque la canción la da por conocida.
Gubbio, siglo XIII. Un lobo asola el pueblo, mata ovejas y pastores, nadie puede con él. Francisco de Asís va a buscarlo a su cueva y, cuando la fiera se le tira encima, le dice hermano lobo. El lobo se calma. Francisco hace un pacto: el lobo no ataca más, el pueblo lo alimenta. Le da la pata en señal de promesa. En las Florecillas eso sale bien y sale bien hasta el final: el lobo baja a vivir al pueblo, anda manso dos años y muere de viejo. Los vecinos lo lloran.
Rubén Darío agarró esa historia y le sacó el final feliz. En Los motivos del lobo el animal también vive manso, baja al pueblo, le dan de comer. Pero un día Francisco se va, y el lobo vuelve a la montaña y a la sangre. Cuando el santo regresa y le pregunta por qué, el lobo le contesta con un discurso entero: en las casas del pueblo vio la envidia, la saña, la ira; vio que “hermanos a hermanos hacían la guerra”; y un día todos le dieron de palos. “Y entre mis entrañas revivió la fiera, y me sentí lobo malo de repente; mas siempre mejor que esa mala gente.” Y lo despacha: “vete a tu convento, hermano Francisco, sigue tu camino y tu santidad.”
El lobo de Serú Girán no le dice hermano. Le dice Padre.
Parece poco. Hermano fue el invento de Francisco. Ahí estaba el milagro: ponerse a la altura de la bestia, tratarla de igual. El lobo de Darío aprendió la lección hasta el fondo, “todas las criaturas eran mis hermanos: los hermanos hombres, los hermanos bueyes, hermanas estrellas y hermanos gusanos”, y por eso puede hablarle de igual a igual y decirle que se vaya. Un hermano despide a un hermano.
El que dice Padre está en otra posición. Padre se le dice al cura en el confesionario, y se le dice a un padre cuando no se sabe qué va a pasar con uno. Las dos cosas están en el estribillo: el lobo vino a confesarse y a preguntar. En el poema de Darío la palabra Padre aparece dos veces. Las dos en boca de Francisco, y las dos para nombrar a Dios: cuando conjura al lobo “en nombre del Padre del sacro universo” y en el último verso, cuando se va llorando y reza el padrenuestro. La canción le da al lobo la palabra que en el poema solo el santo decía, y solo hacia arriba.
Del otro lado, silencio. En el poema Francisco habla todo el tiempo, y recién al final se calla: “El santo de Asís no le dijo nada.” La canción empieza ahí, donde el poema termina. Francisco no dice una palabra en toda la canción. Existe como tu voz, como tu luz, como Padre, y el oyente lo conoce únicamente por lo que el lobo le contesta. El santo es una voz, y su voz es lo único que no se escucha.
Cerrarán
Contá los tiempos verbales.
Solía pasar: costumbre, pasado largo. Me hizo ver, me alejó: dos hechos puntuales, el momento en que todo cambió. Los niños sonreían al mirarme y el amor me hacía llorar: imperfecto, lo que duraba. La época del convento está en el tiempo de las cosas que siguen pasando.
Y entonces: “Pero un día el hombre mal me empezó a tratar. Abrieron heridas que no cerrarán jamás.”
Un día: una fecha. Empezó, abrieron: pretéritos secos, cerrados. Y ahí, en la segunda mitad del verso, aparece el primer futuro de la canción. No cerrarán. Después de ese verbo no vuelve a haber un solo verbo en pasado. Todo lo que sigue es será, escuchará, volveré. La herida es donde la gramática da vuelta: el pasado termina en abrieron y el futuro empieza en cerrarán, sin nada en el medio.
Hay otra cosa en ese verso. El hombre, singular: el hombre en general, la especie. Y el verbo, abrieron, en plural. Cambia de número sin que nadie nuevo entre en escena. Los que le pegaron no tienen sustantivo. Darío les había dado uno, “un buen día todos me dieron de palos”; la canción saca el todos y deja el plural metido en la conjugación. Son muchos y no son nadie.
¿Y el presente? Hay uno solo en toda la canción, y está en el primer verso: estoy aquí. El lobo tiene un pasado que ya no existe y un futuro que todavía no, y está parado en una sola palabra de presente, que es la de la despedida.
Volveré / será
El lobo de Darío afirma. Se sintió lobo malo de repente y prefiere serlo antes que parecerse a esa gente. Decide, y le dice al santo que se vaya.
El de la canción pregunta. “¿Volveré a ser feroz?” Y nadie le contesta.
Fijate qué pregunta y qué afirma. Tres veces pregunta, y las tres con el mismo verbo: volveré a ser feroz, volveré a dar temor, volveré a ser feroz otra vez. Lo único que pone en duda es volver. Las consecuencias las da por hechas: “mi garra será mortal”, “el miedo será mi hogar”, el bosque va a escuchar sus aullidos. Duda de si va a volver. No duda de lo que va a pasar si vuelve.
Por eso el estribillo duele más que el discurso de Darío. Una fiera que decide ser fiera es un villano o un héroe, según quién cuente. Una fiera que pregunta si va a volver a serlo es alguien que ya no se reconoce, y que le pide a otro que le diga quién es. El lobo del poema tiene motivos. El de la canción tiene una pregunta.
Y el verbo es volver. Lo feroz no es algo que le pueda pasar al lobo: es lo que era antes de que alguien le enseñara a saludar. Lo había dicho al principio, sin que se lo preguntaran: sus días en el bosque, “salvaje y cruel, seguro en mi soledad.” Salvaje y cruel, y a continuación seguro. En ningún momento dice que tuviera hambre, ni que sufriera. Estaba bien. Lo que vino a interrumpir eso fue una voz y una luz, no una necesidad. Volveré a ser. La pregunta asusta porque la respuesta ya se sabe.
En el medio de esas consecuencias que no discute hay un par que conviene escuchar junto: dar temor y el miedo será mi hogar. Él reparte el miedo, y el miedo es donde va a vivir. La casa del que asusta es el susto de los demás.
Un rayo
“Un rayo en la oscuridad.”
El último verso no tiene verbo. Después de la seguidilla de futuros (será, escuchará, volveré), una imagen sin tiempo. De todas las que podía elegir para terminar, eligió la más corta que existe: un rayo se ve un instante y vuelve la noche. La canción empezó con buenas noches y termina a oscuras, y entre una cosa y la otra hubo un relámpago. La pregunta queda abierta.
Blackbird
La grasa de las capitales se grabó en los estudios ION entre julio y agosto de 1979, casi todo en vivo. Es un disco ruidoso: la tapa parodia las revistas de famosos, el título se burla de la grasada, y adentro hay un suicidio un viernes de madrugada y una estrella que se apaga. En el medio de todo eso, segunda canción del lado A, está la más chica del disco: la voz de David Lebón y una guitarra acústica. Nada más.
Lebón contó de dónde salió. “Yo me inspiré con ‘Blackbird’.” Vivía en la casa de Rinaldo Rafanelli cuando salió esa canción de los Beatles y se volvió loco tratando de sacarla: “Para mí no eran acordes, era una cosa clásica. Yo era muy bruto.” Para San Francisco y el lobo pensaron en agregarle cosas. “Finalmente quedó como un ‘Blackbird’.”
Blackbird es un pájaro con las alas rotas que aprende a volar. Debajo de un lobo con heridas que no van a cerrar, Lebón puso la guitarra de ese pájaro. Capaz que no lo pensó. Igual se escucha.
Esto se cantó en Buenos Aires, en 1979. Abrieron heridas… era una frase que en primera persona no se podía decir. Con un lobo del siglo XIII adelante y un santo que no contesta, sí. La fábula es la distancia que la frase necesitaba para existir.
Cuarenta años después, en la misma entrevista, Lebón recita el estribillo de memoria y se ríe: “Volveré a ser feroz. Yo soy quien soy y mi guitarra será mortal.” Son once palabras y le cambió dos. Garra por guitarra lo dice en chiste, y tiene razón: en 1979 la garra era eso. Una guitarra sola, tocando lo más bajo que se podía tocar en un disco a todo volumen.
El otro cambio no es chiste. Yo soy quien soy no está en la canción. Es un presente, y la canción tiene uno solo, que ya vimos dónde lo gastó. El lobo preguntó si iba a volver a ser algo y se quedó sin respuesta. El que lo cantó se acuerda mal cuatro décadas después, y en el hueco de la memoria le mete un verbo en presente.
En River, en diciembre de 1992, Serú Girán la tocó con la banda completa. Suena enorme. Al lobo nadie le contestó nunca, pero eso suena a respuesta.
Dijo que estaba ahí por última vez. Cada vez que alguien pone el disco, vuelve a serlo.