Tres veces querer
“Quisiera haber querido lo que no he sabido querer.”
Nueve palabras, y el verbo querer tres veces, cada una en un tiempo distinto. Quisiera: el deseo, dicho en el modo que se usa para pedir algo sabiendo que no. Haber querido: un pasado que ya cerró. Saber querer: querer como oficio, como cosa que se aprende o se queda sin aprender.
Fijate lo que falta. La oración viene sin objeto: en ningún momento dice qué era lo que no supo querer, ni a quién, y en el lugar donde iría una persona hay un lo que, un pronombre vacío que el oyente llena solo. Ella está en el hueco.
¿Por qué importa? Porque el arrepentimiento de esta canción es raro. Limón y sal vuelve a empezar después de lo que pasó; Las cuatro y diez calla lo que pasó. Esta se arrepiente de algo que quedó antes de cualquier acto: un deseo que faltó. El verbo lo dice, no he sabido. Uno decide qué hace. Lo que sabe, le pasa.
Hay un cuarto querer en el verso siguiente, “¿Quieres bailar conmigo?”, y es el único de los cuatro en presente, y viene en forma de pregunta.
Las cuentas
La canción cuenta todo el tiempo, y siempre le da mal.
“Ya sé llorar una vez por cada vez que río.” Aprendió a llorar como proporción, uno a uno. Alguien que lleva la contabilidad de sus lágrimas y presenta el balance con orgullo: ya sé.
“Sigo apostando al 5 y cada 2 por 3 sale 6.” Cada dos por tres quiere decir seguido, pero metido en un verso lleno de números se lee también como cuenta, y la cuenta le erra por uno: apuesta al 5, sale 6, pierde por poco, y sigue. Ese sigo es el título de la canción escrito con números.
“No sé restar tu mitad a mi corazón.” Sabe llorar en proporción y sabe apostar y perder. La única operación que le falta es la que la sacaría a ella. Y otra vez el verbo: no sé, cuando podría haber dicho no puedo. Es ignorancia, y la ignorancia se puede reprochar.
Tu mitad es la otra cosa. La mitad del corazón ya es de ella. Él sabe hacer esa resta; lo que no soporta es el resultado, medio corazón.
La canción termina con ese verso repetido tres veces, como quien vuelve a intentar la misma cuenta esperando que dé distinto.
Yo esa cuenta la conozco. Con Marce me he equivocado más de una vez, y ahí termina lo de no saber querer: en alguien que igual se queda. La elegiría una y otra vez, con los mismos errores puestos. La canción tiene un verso para eso, escondido en la segunda estrofa: “puede ser que la respuesta sea no preguntarse por qué”. Su mitad la tengo sin restar. Ni lo intento.
Sordo de un pie
Dos veces la invita a bailar. Dos veces se disculpa por adelantado. Y la disculpa cambia.
Primera vez: “¿Quieres bailar conmigo? Puede que te pise los pies.” Acepta, con una advertencia. El daño posible es chico, es de ella, y es un riesgo: puede que.
Segunda vez: “Yo bailaría contigo, pero es que estoy sordo de un pie.” Un condicional seguido de una excusa que no existe, porque un pie no oye. Entre una estrofa y la otra, la torpeza pasó de riesgo a diagnóstico, y el diagnóstico es imposible.
Las dos veces pone el problema en los pies, que son el órgano del baile. La primera vez pueden fallar. La segunda ya fallaron de una manera que ningún médico va a arreglar, y la forma de decirlo es un chiste. Pero es que es lo que se dice en un bar cuando uno no quiere bailar y tampoco quiere decir por qué.
Ese es el segundo condicional de la canción; el primero es el título. Me equivocaría mira para atrás y repetiría todo. Bailaría mira lo que tiene adelante y lo esquiva. El mismo tiempo verbal sirve para volver a lo que pasó y para escaparle a lo que está pasando ahora mismo, con ella enfrente y la música sonando.
Soñaré solo
“Soñaré solo porque me he quedao dormido.”
Soñar suele ser un verbo de proyecto. Acá va a soñar porque se durmió, y nada más: una causa demasiado chica para el verbo. El sueño le pasó, como le pasan las cosas en toda la canción.
Y solo. Cantado, no hay tilde que lo decida. Solamente porque me quedé dormido, o voy a soñar sin nadie. Las dos lecturas entran en la misma sílaba.
El verso siguiente da vuelta la lógica: “No voy a despertarme porque salga el sol.” Otro porque, y este viene con subjuntivo, salga, que es la forma que toma un porque cuando rechaza una causa. Para dormirse alcanzó con quedarse dormido; para despertarse le ofrecen el sol entero y lo devuelve. Dos causas en dos versos, una minúscula que funciona y una enorme que se queda afuera.
El derecho y el deber
Por la boca vive el pez salió en septiembre de 2006. Fito venía de tres años sin poder escribir después del disco de Soldadito marinero, y para salir de eso cambió casi todo lo que rodea a una canción: se fue a grabar a un estudio en Girona, con otro productor, con la banda tocando junta y en vivo. Una canción sobre volver a equivocarse, escrita por alguien que acababa de volver a escribir.
Once años después, en una entrevista por los veinte años de Fitipaldis, le preguntaron qué busca cuando escribe. “Uso las canciones para explicarme a mí mismo. Cuando escribes una frase y te sientes reflejado, prueba superada.” ¿Y cuál lo representa? “Me equivocaría otra vez, que no me canso de tocar.” Más adelante, otra pregunta: qué canción suya les dedicaría a sus hijos. La misma. “Tenemos el derecho y el deber de equivocarnos.”
Una despedida a una mujer, con el telón negro y los bares donde se bebe sin sed, convertida en algo que un padre les deja a sus hijos. El condicional del título pasa de excusa a herencia.
Pero en la misma entrevista hay otra frase. Le preguntan qué descuidó por su carrera. “Me separé y dejé de ver a un hijo del que casi no tengo recuerdo. Cuando volvía de las giras no me conocía. Es lo que intento no volver a hacer.”
El hombre cuyo lema es me equivocaría otra vez nombra, en la misma conversación, el único error que no repetiría. Y el verbo es el mismo de siempre: volver. En la canción, volvería a todo. En la entrevista, hay una cosa a la que no. Esa cosa es uno de los hijos a los que se la dedica.
Se equivocaría otra vez. Menos una. Esa sí la supo restar.